Mostrando entradas con la etiqueta Cuento. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cuento. Mostrar todas las entradas

domingo, 26 de enero de 2014

Inédito


Frases desperdigadas,
títulos sueltos y empolvados
palabras agujereadas...


Todo flotaba en un ir y venir de intentos que no lograban concretarse, paralelamente emergían los tachones repetitivos en el papel y la mente mientras la frustración de un carácter creativo, mermado por las circunstancias, empezaba a dar cuenta de que no podía hallar esos indescriptibles ambientes de fluidez que le habían acompañado en numerosas ocasiones.


La ansiedad irrumpía en cada uno de sus espacios y mientras algunos de los borradores textuales que alimentaban el tacho de basura eran llevados por el viento, él se animaba por seguir sus curiosas trayectorias para relajarse y alertar la aparición de uno de esos inesperados golpazos inventivos. Resultaba incierto si advertía que todas las distracciones que tomaba eran un pretexto para seguir inactivo o para evadirse. La certeza más amenazante fue que los segundos jamás se detuvieron...




Antes de oprimir la instrucción a través de una tecla de plástico para que el tiraje empezara su marcha, observó con detenimiento una columna espaciosa con muy poca tinta en sus adentros y de inmediato retumbaron los frágiles compartimentos del área de edición del periódico local. El efusivo llamado de atención en forma de alarido que se hizo oir en toda la planta llegó al elevador en descenso donde muy tranquilo se hallaba aquél escritor cuyos últimos instantes de desesperación le hicieron tomar un rumbo totalmente nuevo.


Abatido por las múltiples presiones, y en vista que debía entregar de inmediato el texto para su espacio creativo semanal en el medio impreso, decidió optar por una alternativa algo desesperada pero original para él.

Bajo el título de:


Ya Vuelvo 


     ... apareció el siguiente enunciado:


Esta vez es su turno estimados lectores

¡ Juguemos !

Escríban aquí
 

 

jueves, 22 de septiembre de 2011

Literal

A cierta hora, algunos jóvenes de grisácea cabeza mantuvieron tertulia literaria con una audiencia algo similar en cuanto a edad, salvo evidentes excepciones. Compartían nociones y contaban anécdotas con la jovialidad del caso, logrando sacar ciertas risas de uno u otro asistente. Los flashes de las cámaras hacían más notoria esa rebozante juventud mientras algunas señoras del público empezaban a estornudar o toser como toda digna reunión se merece. Mientras, yo sostenía con algo de inquietante no curiosidad un diario algo informativo que en la entrada se obsequiaba.

Ideas y nociones que iban y venían, de repente estabas en el umbral de la puerta sacándote un viejo gorro de la cabeza para unirte a la envidiablemente diversa audiencia que se dió cita a los conversatorios. En un principio pensé que te sentarías pero tu intención al parecer fue guardar distancias prudenciales. Luego lo comprendí, al parecer nadie te había invitado y al pasar viste una concurrencia que simplemente llamó tu inocente atención.



Siguieron las lecturas y notaste mi presencia entre el todo humano que se posaba en esas sillas poco cómodas. A la par dejabas escapar ciertas risas impulsivas y el resto automáticamente exigió silencio, por ahí alguien dijo "un loquito"... y tú seguiste indiferente a sus reacciones. Las cámaras enfocaban a todo sitio menos hacia donde te encontrabas observando fijamente hacia algún punto del espacio como si de éste salieran las voces y no de los escritores que a su cargo leían sus poesías y daban sus nociones acerca de la misteriosa inspiración para generar líneas con sentidos.

De repente, sentí que tus ojos me dijeron algo, tal vez invitándome a saltar o a jugar un rato afuera sintiendo el frío de la tarde-noche, o reir a carcajadas libremente y existir tal y cual somos, dejando esa tediosa formalidad. Finalmente me cansé y quise cederte mi lugar, pero supiste romper el silencio que habías traído contigo al decirme:
-No tranquilo, ya me iba. Total de la poesía no me alimentaré diariamente.

Te diste vuelta y pude ver las pulseras y aretes que cargabas contigo junto con tu gastada mochila, esperando venderlos para costear tus necesidades del día.

jueves, 30 de diciembre de 2010

Vacíos





Como siempre no encontró a nadie y maldijo su juventud excesivamente introvertida que le impidió alcanzar esa etapa vital del legado genético de las especies animales. Cargando una tremenda bolsa llena de medicamentos, se internó en la fría sala sabiendo que eran ya sus últimos meses en este lado de la existencia, deslizó sus dedos por los sillones y contempló sus yemas grisáceas con inusitado apego. Las telarañas habían tomado por asedio su salita y él ya no opuso resistencia. Al fin y al cabo se había vuelto un aracnófilo y le encantaba esa habilidad de cacería del buen artrópodo hambriento.

El verdadero problema a esas edades era descubrir cómo matar el tiempo, ya no conseguía divertirse con casi nada, se estaba hartando en realidad de su vejez y la soledad no le dejaba en paz. El simple hecho de estar consigo mismo ya le aburría y oir afuera todo el rebozante ánimo de los niños y los jóvenes le despertaba mucha envidia. Las puertas, las ventanas, las tablitas del piso, las repisas, todas rechinaban, crujían tal como sus huesos y sus articulaciones artríticas.
 ¡Al parecer hacía falta un poquito de aceite lubricante!

Todo había envejecido junto con él, incluso su piano de cola que le parecía tan inmortal cuyas notas aún retumbaban en la acústica de varios sitios donde había sido tocado, incluyendo la mente del viejo. Un piano que le conmovía cada una de las células de su cuerpo y le había merecido tantas horas de dedicación, irrenunciables, especiales, y por sobre todo apasionadas.
Carcajadas que venían de afuera arremetieron en sus retrospectivas,  jalándolo consigo hacia esta modernidad de notas musicales hechas por máquinas. Tras un suspiro la desconcentración y la inquietud lo sacudieron.

¡FELIZ DÍA DEL PADRE!                 ¡FELIZ DÍA DEL PADRE!


-  Por supuesto, no es para mí. Pensó inmediatamente. Pero al instante una tarjeta conmemorativa de aquel día de festejo se colaba por la pequeña chimenea de la salita. En ella había una pequeña nota escrita con una letra inocente:

 "Porque para ser padres no es necesario haber parido" 
 
- Oh que lindo el wawa Juanito, repuso el anciano mientras se le poblaron los ojos.de salino lubricante.

martes, 2 de noviembre de 2010

Inocencia a tierra.....



Había soltado la tensa cuerda, la flecha salió disparada sin un blanco definido y llegó a la espalda del cura que todavía no terminaba de dar el sermón. Soltó un tremendo grito seguido de un improperio que retumbó por las paredes de todo el templo religioso atestado de viejitos boqueabiertos que observaban como el padre, a quién por suerte sólo le había rozado la flecha, salía corriendo tras el chiquillo del arco y empezó a gritar. - Detente ahí maldito travieso.  Pero el responsable del casi flechazo siguió su rumbo incansable hasta que atravezó un maizal y el cura con su barriga, ya jadeante, tuvo que hacer la parada obligatoria.

En ese momento mientras el corazón agitado de aquel sacerdote empezaba a recobrar su ritmo normal, el chiquillo se había perdido ya por entre las sinuosas calles del poblado. Resignado pretendió volver a su morada y así descansar con serenidad. Pero el momento en el que dió su primer paso de regreso cayó estrepitosamente en una especie de trampa de cacería que alguna vez se había cavado en la tierra y se había cubierto perfectamente con ramas y demás despojos. Nuevamente soltó tremenda grosería, no había sido un buen día y ya empezaba a desesperarse porque la trampa era considerablemente profunda y no podía salir de allí.

En aquella dificultosa situación apareció el mismo niño y entre sus travesuras se asomó al agujero que había llenado el cura barrigón con su caída inesperada. La inocencia del niño le hizo preguntar sobre lo que se encontraba haciendo ahí el viejo, a lo que este le respondió con insultos y demás palabrería incitándole groseramente para que le sacara, mas el niño harto de los maltratos del malvado cura empezó a llenar con tierra el hondo agujero, casualmente hecho para atrapar animales, y sus oídos sordos ante los ruegos de aquel sujeto que a cada palada compartía más con la tierra de su Dios y así pagaba por su inexcusable vida de abusos.

jueves, 30 de septiembre de 2010

La maldita hora



El perro ladraba mientras su madre entraba por la puerta. El ruido le hizo levantar la cabeza y recordó que el día anterior no había asistido a la clase de baile, y ahora la instructora le pediría una buena justificación. Que diría; no vine porque no me dio la maldita gana o, no pude porque me encontraba visitando a la abuela enferma (cuando en realidad había estado besuqueándose por ahí con alguno de sus compañeros de clase) no, pues solo diré la verdad, la triste verdad de la vida ajetreada, la vida que le tocó, o la que ella misma se dió ............ pum... pum....  otro ruido.

Provenía de la ventana, por fuera, una de esas pequeñas libélulas se había estrellado contra el vidrio. Sus entrañas desparramadas le causaron risa: que estúpida la pobre y su encontronazo mortal con la civilización, je je. Esa sustancia verde amarillenta, que desagradable, no limpiaría la ventana, para eso está la lluvia. Continuaba planeando la mentira para su instructora, aquella vieja amargada que no pensaba en otra cosa que las coreografías, los molestos pasos, y la monótona rutina al compás de una gastada música. De a poco el sopor la llevaba consigo, hasta que oyó a su madre;       A CENAR¡¡

No cruzaron ninguna palabra mientras comieron, hasta el apagado y casi obligado, "Gracias" de la adolescente que sentía que todo era una burda pérdida de tiempo. Llegó a su habitación, se acomodó en la cama y vió que en la ramita del árbol del patio trasero, ya no estaba posado aquel precioso mirlo que no conocía más sitio para pasar la tarde. encontró vestigios de plumas en el suelo y en su juventud  imaginó lo peor. Para colmo al no oir ese trinar armonioso, su ánimo empezaba a decaer sin la posibilidad de la confortable acústica de aquel sonido fresco de ave libre.

Ahora ya había olvidado por completo aquella planeación desesperada de una excusa convicente, su cerebro se desconcentró sigiloso y empezaba a entrar  en un estado de tensión que convergiría en reacciones apresuradas de aquella exniña. Nuevamente percibía el ladrido de su perro, no, en realidad eran distantes gemidos que fluctuaban hasta alcanzar un silecio inesperado que se confirmó cuando su madre le dijo: -Es Ralfo, ya no reacciona.   Un abrazo fuerte conjugó el dolor de ambas mujeres, de fondo una brisa fría que hizo ondular las sábanas puestas a secar en el patio.

Metida en la cama y con la más grande deshazón por su amada mascota decidió que en tales circunstancias debía decirle la verdad a su vieja instructora y ya no inventar nada. Lúcida y responsable al fin, pensó. No podría hacerlo inmediatamente, debía tener las precauciones debidas y actuar con mesura. Un sonidillo que se perdió por algún rincón de su cuarto la volvió a distraer, y luego sin el mínimo aviso pudo ver una cola que se deslizaba y que le hizo imaginar al roedor que la poseía. Ese ratón negro bastante avejentado, rengo y con claros de piel se asomó, súbito, dió unas vueltas para detenerse casi al frente de ella. Al fin murmuró, -tus amigos los faunos te acompañamos en tu profundo dolor, con el nuestro.

Salió con pánico disparada de ahí y su madre se percató al instante. Vió como se alejaba de la casa y un papel se le escapaba del bolsillo, el motivo de todo:

Aborto seguro, informes al .........

jueves, 29 de abril de 2010

Ab - suelta en la ciudad





-->Marcando las huellas de un inadvertido amor, llegó a su pueblo en medio del tedio provocado por las largas horas de viaje. Laura notó que su casa había sido demolida y ni un ladrillo quedaba para saciar en algo el vacío del recuerdo doloroso que le rasgaba por dentro las entrañas, como sendas flechas lanzadas por un arco de impotencia, rasgando tejidos musculares.
Sólo quedaba el "desarrollo" casi sin ninguna casita de adobe o ladrillos.
Espantoso paisaje rural de paredes de frío cemento que humedecerán los orines de los borrachos o de los perros. Su mente añoraba aquellos días de niñez y de correrías de juego que ahora parecían pisoteados por el enlucido y el adoquín. Apenas si se percibía el entrañable ambiente de campo, de melodías de ganado, de kikuyo regado por el rocío, y la acostumbrada polvareda de la calle ya no se levantaba como aquella nubecita que incomodaba la respiración.

Por el momento su olfato estaba condenado a percibir el hedor de la modernidad, que se presentaba ante sus ojos como una usurpadora de vivencias, e inclemente invasora de los parajes agrícolas. Extrañaba el olor a mierda de las vacas que se había perdido lejanamente entre la simetría de lo urbano, de lo desagradable y artificial, frustrando el abrigo del campo y despistando el ambiente a maíz.
Ya era domingo, y el avioncito dibujado en la tierra sería el silencioso compañero de juego de los niños que salían presurosos de cada una de sus casitas. Laura se imaginaba de fango o de barro piloteando el avión para explorar los mundos subterráneos. Conocer los hogares de los gusanos, de las hormigas y de todo cuanto insecto apareciera, era una especie de sueño que alimentaba su pequeña mentecita. Como no quería destruir la armonía de ese microcosmos, despertaba por propia cuenta para no arruinar la vida de aquellos insectos con sus viajes aviatorios.
–Sí, yo maté a Ovidio, y no hay nada que hacer – fueron las palabras del siniestro carnicero del pueblo que respondía a la pregunta de Laura, quién hacía averiguaciones Absorta por tal afirmación, y por la frialdad de la misma, no supo como reaccionar. Sólo sintió un cosquilleo húmedo en sus ojos. Lo siguiente fue correr en medio de la intensa y espesa neblina que envolvía al pueblo, hasta el agotamiento de sus piernas. Respiraba intensamente, y no lo soportó más. Desahogó su ser con un llanto desgarrador que hizo hundir sus mejillas en furor lacrimal.
El letargo fulminaba su ánimo, las neuronas amortiguadas por el impacto de aquellas tajantes palabras, y la ilusión de volver a ver a su amor se desmoronaba en sus adentros. Ahora comprendía el vacío interno del que muchas veces había oído hablar. A la vez se sintió patética, cierta ocasión se había prometido no dejarse vencer por el sufrimiento pero en vista de todo, ahora era inevitable. Afuera, el pueblo seguía en su proceso de "progreso" y ella, testigo presencial, se fundía en clamores de impotencia. Todos sus sentidos percibían indeseablemente el nuevo rumbo que le estaban dando al pueblito, que sentía que su esencia se quebraba.

El responsable de crepitar las emociones de Laura y de hacerla sentir mujer, aquél que entablaba conexión química con ella, ahora no era más que un precioso recuerdo que evocaba todas las sensaciones de las caricias y de los gemidos de placer que ella profería en cada uno de sus encuentros clandestinos. Ovidio, fuerte, deseable, y vigoroso, alimentaba los deseos de aquella señorita que lo iba a buscar luego de la última hora de colegio, siempre estaba ahí para ella, y sólo ella. Mágicamente, cada encuentro gozaba de la frescura que requería para no caer en las aristas de la monotonía.
"VÍCTIMA DE CUCHILLADAS LETALES". Un titular muy llamativo que decoraba una de las planas del periódico de la ciudad. Al leerlo, Laura se acercó al kiosko y pidió un ejemplar. Tras la revisión del mismo lo único que se pudo formar en su mente fueron las escenas de dolor que había vivido a través de fotografías en innumerables ocasiones, a manera de flagelante retrospectiva. ¿Acaso la vida era eso, un simple objeto que se puede o no despreciar según las circustancias? Algo confundida siguió su camino al sitio en donde trabajaba, y una vez más ganarse el día siendo productiva, agotando sus energías en labores que no siempre lograba comprender o justificar.

Frágiles y nubosas emociones plagaron su estado anímico. Laura, decidida a mitigar en algo su intenso sufrir y asediada por el rencor visitó una vez más su pueblito lejano, empezó a rememorar todas sus preciadas vivencias de niña, y luego de adolescente. Especialmente los momentos compartidos con Ovidio, ¿amor, obsesión, que rayos era? Definitivamente obsesión, el amor en tal situación era inconcebible. Observaba una a una las poquísimas casitas que iban quedando, resignada ya a la plaga de la modernidad.
Todavía escuchaba muy presente en su conciencia la frialdad del maldito carnicero cuando éste le dijo lo que había hecho. Sólo fue una punzada en el alma, que le obligó a adentrarse en una densa tormenta de perturbaciones. LLegó al sitio donde pernoctaba el sujeto y entró sigilosamente. Se armó de la propia herramienta de trabajo del carnicero, mientras empezaron a discutir fúricamente. Ella reclamando por su Ovidio, y él;
– Antes deberías avergonzarte por tus aberraciones Laura, que mantener relaciones con un toro es de anormales e inmorales. Yo necesitaba su carne para venderla, y no como tú, para comerla.
A lo que Laura, llena de ira y sed vengativa, simplemente respondió con certeros cuchillazos en la humanidad del despreciable que había cometido el sacrificio del vigoroso animal que la obsesionó en su adolescencia. Fue todo un cuadro impactante de pura reacción iracunda desahogada en el deceso de la víctima. – No volverás a tratar con animales, maldito – exclamó desconcertada, mientras respiraba profunda y agitadamente, observando el cadáver yaciente en el piso.
Ya en la ciudad, en otra jornada de trabajo que estaba por terminar, y hojeando papeles y revistas, se topó con el periódico arrugado que deletreaba ese titular llamativo que había leído hace días. Al verlo dibujó una especie de sonrisa muy irónica. --Ésto jamás hubiese ocurrido en el pueblo de casitas de adobe y ladrillos.