jueves, 29 de abril de 2010

Ab - suelta en la ciudad





-->Marcando las huellas de un inadvertido amor, llegó a su pueblo en medio del tedio provocado por las largas horas de viaje. Laura notó que su casa había sido demolida y ni un ladrillo quedaba para saciar en algo el vacío del recuerdo doloroso que le rasgaba por dentro las entrañas, como sendas flechas lanzadas por un arco de impotencia, rasgando tejidos musculares.
Sólo quedaba el "desarrollo" casi sin ninguna casita de adobe o ladrillos.
Espantoso paisaje rural de paredes de frío cemento que humedecerán los orines de los borrachos o de los perros. Su mente añoraba aquellos días de niñez y de correrías de juego que ahora parecían pisoteados por el enlucido y el adoquín. Apenas si se percibía el entrañable ambiente de campo, de melodías de ganado, de kikuyo regado por el rocío, y la acostumbrada polvareda de la calle ya no se levantaba como aquella nubecita que incomodaba la respiración.

Por el momento su olfato estaba condenado a percibir el hedor de la modernidad, que se presentaba ante sus ojos como una usurpadora de vivencias, e inclemente invasora de los parajes agrícolas. Extrañaba el olor a mierda de las vacas que se había perdido lejanamente entre la simetría de lo urbano, de lo desagradable y artificial, frustrando el abrigo del campo y despistando el ambiente a maíz.
Ya era domingo, y el avioncito dibujado en la tierra sería el silencioso compañero de juego de los niños que salían presurosos de cada una de sus casitas. Laura se imaginaba de fango o de barro piloteando el avión para explorar los mundos subterráneos. Conocer los hogares de los gusanos, de las hormigas y de todo cuanto insecto apareciera, era una especie de sueño que alimentaba su pequeña mentecita. Como no quería destruir la armonía de ese microcosmos, despertaba por propia cuenta para no arruinar la vida de aquellos insectos con sus viajes aviatorios.
–Sí, yo maté a Ovidio, y no hay nada que hacer – fueron las palabras del siniestro carnicero del pueblo que respondía a la pregunta de Laura, quién hacía averiguaciones Absorta por tal afirmación, y por la frialdad de la misma, no supo como reaccionar. Sólo sintió un cosquilleo húmedo en sus ojos. Lo siguiente fue correr en medio de la intensa y espesa neblina que envolvía al pueblo, hasta el agotamiento de sus piernas. Respiraba intensamente, y no lo soportó más. Desahogó su ser con un llanto desgarrador que hizo hundir sus mejillas en furor lacrimal.
El letargo fulminaba su ánimo, las neuronas amortiguadas por el impacto de aquellas tajantes palabras, y la ilusión de volver a ver a su amor se desmoronaba en sus adentros. Ahora comprendía el vacío interno del que muchas veces había oído hablar. A la vez se sintió patética, cierta ocasión se había prometido no dejarse vencer por el sufrimiento pero en vista de todo, ahora era inevitable. Afuera, el pueblo seguía en su proceso de "progreso" y ella, testigo presencial, se fundía en clamores de impotencia. Todos sus sentidos percibían indeseablemente el nuevo rumbo que le estaban dando al pueblito, que sentía que su esencia se quebraba.

El responsable de crepitar las emociones de Laura y de hacerla sentir mujer, aquél que entablaba conexión química con ella, ahora no era más que un precioso recuerdo que evocaba todas las sensaciones de las caricias y de los gemidos de placer que ella profería en cada uno de sus encuentros clandestinos. Ovidio, fuerte, deseable, y vigoroso, alimentaba los deseos de aquella señorita que lo iba a buscar luego de la última hora de colegio, siempre estaba ahí para ella, y sólo ella. Mágicamente, cada encuentro gozaba de la frescura que requería para no caer en las aristas de la monotonía.
"VÍCTIMA DE CUCHILLADAS LETALES". Un titular muy llamativo que decoraba una de las planas del periódico de la ciudad. Al leerlo, Laura se acercó al kiosko y pidió un ejemplar. Tras la revisión del mismo lo único que se pudo formar en su mente fueron las escenas de dolor que había vivido a través de fotografías en innumerables ocasiones, a manera de flagelante retrospectiva. ¿Acaso la vida era eso, un simple objeto que se puede o no despreciar según las circustancias? Algo confundida siguió su camino al sitio en donde trabajaba, y una vez más ganarse el día siendo productiva, agotando sus energías en labores que no siempre lograba comprender o justificar.

Frágiles y nubosas emociones plagaron su estado anímico. Laura, decidida a mitigar en algo su intenso sufrir y asediada por el rencor visitó una vez más su pueblito lejano, empezó a rememorar todas sus preciadas vivencias de niña, y luego de adolescente. Especialmente los momentos compartidos con Ovidio, ¿amor, obsesión, que rayos era? Definitivamente obsesión, el amor en tal situación era inconcebible. Observaba una a una las poquísimas casitas que iban quedando, resignada ya a la plaga de la modernidad.
Todavía escuchaba muy presente en su conciencia la frialdad del maldito carnicero cuando éste le dijo lo que había hecho. Sólo fue una punzada en el alma, que le obligó a adentrarse en una densa tormenta de perturbaciones. LLegó al sitio donde pernoctaba el sujeto y entró sigilosamente. Se armó de la propia herramienta de trabajo del carnicero, mientras empezaron a discutir fúricamente. Ella reclamando por su Ovidio, y él;
– Antes deberías avergonzarte por tus aberraciones Laura, que mantener relaciones con un toro es de anormales e inmorales. Yo necesitaba su carne para venderla, y no como tú, para comerla.
A lo que Laura, llena de ira y sed vengativa, simplemente respondió con certeros cuchillazos en la humanidad del despreciable que había cometido el sacrificio del vigoroso animal que la obsesionó en su adolescencia. Fue todo un cuadro impactante de pura reacción iracunda desahogada en el deceso de la víctima. – No volverás a tratar con animales, maldito – exclamó desconcertada, mientras respiraba profunda y agitadamente, observando el cadáver yaciente en el piso.
Ya en la ciudad, en otra jornada de trabajo que estaba por terminar, y hojeando papeles y revistas, se topó con el periódico arrugado que deletreaba ese titular llamativo que había leído hace días. Al verlo dibujó una especie de sonrisa muy irónica. --Ésto jamás hubiese ocurrido en el pueblo de casitas de adobe y ladrillos.

4 comentarios:

Marisa dijo...

Las aberraciones, contradicciones constantes de lo que nominamos erróneamente normal.
Qué sería de la vida, si pudiéramos ver más lejos, más allá de los prejuicios??
Excelente relato.
Aunque tú ya lo sabes...es refrescante leerte

Michelle dijo...

que denso...... mmm... pero cada cual tiene sus gustos, pero que gustos, no imagino el lapsus que experimentaste para concebir ese cuento, denso.... no hay mas palabras.... tqm charlie

Micaela dijo...

wow te encontre! me encanto el cuento!!!... exquisito!

Tony dijo...

Como nos identificamos con lo bucólico y una vida pacífica, que por culpa de esos civilizatorios caprichos se destroza.
Me gustó mucho tu relato, ya sabes que compartimos ideas de quietud y sensatez que por culpa de otras ideas de insensatez y locura, nos hacen siempre que nos preguntemos ¿por qué serán así algunos?.

Un abrazo.